Inmortal

Sobre la piel del tiempo
encendiendo los instantes,
los árboles de fuego
drenan la resina y queman,
las principales hojas
de los oráculos bruñidos,
(por el tipo de letra plateado
de los laberintos).
Podría estar allí, en la cubierta
de los espacios vacíos,
las sacudidas del pensamiento
que evolucionan, dilatando
el césped de la incertidumbre;
pero la devoción del no-ser,
con el color de las perlas,
se impone al ascua gris
de los guardabarros,
y lo atemporal aparece,
como un eje, para besar o roer,
el centro,
de la linterna del destino.

Declamación hecha por voces electrónicas.
Robot: Carmen.

El último reloj


El tiempo se deja
pero no vive nada
sino da vueltas en espiral
sobre sí mismo,
ni si en su vitrinismo,
encausa a la noche eterna
quien no prevé irreflexiva
antes de su fragmentación,
el nectario de cristal
latente de la nave,
que por cada agujero negro,
va doblegando el espacio
y sus lumbreras,
volviendo ilimitable
las distancias.

Bordes del universo

Veo en la costa a una estrella en el vacío,
y en el curso de las medidas
habitar, junto a los juicios
a las figuras de las nebulosas...
Veo en la costa, a la persona biónica
que apiña las leyes matemáticas
al encender,
una obligación animada
por resentimiento al picnic patriarcal de la tierra;
veo, las grietas personales
de una realidad aparte,
como veo también, la superioridad
de ese capricho farmacéutico
del hombre que presume leer.
Veo en la costa,
el sitio heliocéntrico de los sistemas solares
agitar, en su regazo, al espacio;
y escucho, entretanto los presagios
provenientes de otra estrella,
mientras canta su tragedia en un gesto mudo,
y brinda por la génesis
dulce que empalaga de plasma fosforescente
las lágrimas de la nada total,
y a lo lejos,
descubro la muchedumbre del cambio,
injertando su cariño
en una parada hacia Neptuno.
Veo antes de partir
de la costa de Ganímedes,
a una conexión estelar
mecer el curso de unas naves
que esperan el acceso para aterrizar;
y en mi mente, percibo,
un presagio en ayuda de una persona
diferente a la producción de la miel de mi idioma,
tanto o igual como oigo también
el consejo de la rosa de los vientos,
y al especialista, que corva, el nudo de una alabanza
a la fragilidad del tiempo...
Pero mi pensamiento supersónico
tras una condensación telepática,
por adherirse a lo total,
entra sin quererlo en el séquito
de los sucesos que decoran la bóveda celeste,
y se pierde,
se extravía...
entre los bordes del universo
en un viaje sin final.

La leyenda del olvido

Va un ensueño herido
por el misterio de mi imaginación.
Es la rueda de la fortuna,
que tras el vaivén de una impresión
ha manchado mi mente
con su leño de neón,
y ahora mi espíritu no es seguro;
no lo es,
ni para el pastor que agarra los secretos
al plantar su cicatriz,
ni para el embellecimiento tenso
de la palabra morbosa, aguda y sin par
que fallece fermentando los futuros.
Mi alma, tomando el aliento de las cigarras
y durmiendo bajo las hojas de marfil,
antes moraba en la acción de la calma,
arrugando las curvas del tiempo
y ahora, con un juego de aros,
hace un brindis por la inquietud
de aquellos ojos sangrientos,
que la nubosidad del olvido
trenza con la niebla de las fábricas,
ocultando las imágenes cubiertas de hollín
detrás del telón de acero
que fractura el velo de la soledad.