Paisaje etéreo

Las minas de sal
agobiadas por la vida de fondo,
están posadas hoy en la brisa,
en los cojines,
en las enredaderas del campo;
hoy están cerrando
por gusto la marcha del tiempo.
¿A dónde se fugan
las heridas del espíritu?
se preguntan los mineros,
sentados sobre la espina dorsal
del laberinto,
y yo, cansado de coser a mano
sus vidrios y alabeos orgánicos,
no me animo a responder,
sino a perforar coordenadas
en la plataforma
y las fibras del diseño,
pero descubro,
que las minas de sal
no son sólidas, sino puramente
acuáticas,
rojizas,
almibaradas,
que con sus ondas,
encubren los códigos
que despojan al campo
de la vacuidad;
y me presto
a disolver su aislamiento,
pero la salobridad de la pena,
exige mucha más sal,
para darle sabor
a las cosas de la tierra,
que la sal que yo
carente de amargura
le puedo brindar.

Duerme

El dolor de las posturas
alrededor de vuestra existencia,
definitivamente no puede reemplazar,
el aliento más remoto de una prolepsis
a la torpeza,
y mucho menos, tener a mano
el minuto que me adjunto por nosotros
debido a vuestro complejo de mortalidad.
Puede retirar ahora el crucifijo,
y donde alción crudo prospera,
acérquese allí a empujar la corriente,
o verá que de fumar la llama
de mi sabiduría, tarde o temprano
se caen las máscaras de sus percepciones,
y queda el hecho que no muere.
No toques nada. Regresa a dormir.
Mira que la resolución es perfecta
para esta realidad prestada.

Profecía misteriosa

Se marchan las naves
de la trinidad
a donde el relámpago
electrifica los símbolos;
traerán devuelta la luz
a los pueblos del mármol;
abrirán las compuertas
de las reliquias,
para que emigre el polvo gris
de nuestro marco desnudo,
y volemos libres
hacia la brisa que sopla
la respuesta final;
…y si los estómagos carentes
de pasión oportuna,
se tropiezan en su camino,
las naves los torpedearan
con paquetes de oscuridad.

Experimento militar

La niebla.
Los cuerpos sin cerebro
tirados por las calles,
la quiebra y el desplome
de las columnas de la imaginación;
el silbido permanente
de los capitanes y generales,
quienes abrochados al ventilador
de los abismos acústicos
a donde van a parar
los métodos vencidos,
por espantar la muerte,
alejan también a los buenos espíritus;
luego nos quedan los buzos
del escuadrón 22,
quienes cada día pronuncian
los pelos que conforman
la corteza luminosa del aro gigante
venerado cada noche
en el centro de la ciudad
por los infestados,
(para los militares cazarlos.)
No hay electricidad,
ni señales de esperanza
para quienes como nosotros,
estamos en cuarentena indefinida.
La neblina.
Los muebles incendiados.
El pulgar implacable
que la sombra de gases
dejó caer sobre todos.
Éste es el panorama de hoy.