Contenedor de esferas y edades


  De morar los rincones con sabor púrpura. Nacido del diario vivir en las localidades horizontales de los siempre extraños universos fractales, aprendí a dormir dentro de los filamentos cubiertos con el hollín de las películas, para saber qué era el tiempo, asimismo, busqué cómo aprender a arroparme con el tapiz del piso de la catedral y a comer sobre los balancines elásticos en donde solo espigan estudios y monjes, hasta la edad de la razón. Mas tarde, entre las curvas de la espiral, cuando no tenía un mantel individual contra las columnas psíquicas, tan solo por el derecho propio a la bandeja alimenticia de este hospital de insanos, me prendía de la tribuna del talonario para dirigirme al espacio exterior, porque las veces que necesitaba un indulto para la oscuridad, nunca me dieron la visa. 

   Sin todavía manchar las paredes con mi interioridad, envíe la ambrosía de mi leche en un coche con techo de metal y hombres desnudos a la isla donde la nieve no puede pronunciar mal una pausa. Sin embargo, a pesar de mantenerme sensitivo ante el encanto de los carruajes que doblan las mecedoras de los diccionarios fortuitos, prefiero las vacaciones de los doctores, porque me la paso banqueteando el brote más viejo de las fotografías del cumpleaños de Mary Jane en su vida pasada… En resumen: existo en múltiples dimensiones, desde los confines del cosmos, hasta los bordes del universo.