La tribulación de un examen de arena

  
   Ella llora debido a la tendencia de su mente por venerar el dolor y por la aseveración de un ensayo compuesto de muslos. Eva gime por un blindaje contra el tedio, porque en el fondo debe soportar su idioma de conclusiones y, por la ninfomanía de un derrame de peces en su propio laberinto púdico. Solloza, la pobre, por olvidarse de su boca sedienta de besos y por la palidez erótica de su piel, siempre desafiando con autoengaños su simpatía por los sorbos de un tabú.

   Le salen lágrimas negras por los poros, lamentos que en su cintura, se convierten en el arroyo de puntadas extendido sobre la seda del campo. Eva llora por los libros inspiradores,  por la sede de su camuflaje, y por los golpes atmosféricos del candelabro antiguo que utiliza para desparasitar sus aspiraciones. Y lo hace con sinceridad, desde el clamor de las venas, empezando en el torso, pasando a través de los ojos y terminado en los oídos. Pero aunque no lo creas, ella sonríe a veces. Y cuando ríe, igualmente lo hace hasta llorar. Eva ríe cuando tiene el dominio conector de las figuras, o al respirar el gas de la vegetación mientras se fuma un cigarro. Sonríe, además, ante el flujo bípedo del zoom de alguna turista en el túnel al sol, y se vuelve un poco zalamera ante la mirada del chico guapo con el pincel que la dibuja llorando ríos de neblina.